lunes, 8 de septiembre de 2008

¿Tenemos que revelar nuestra edad?

De tanto escuchar estas noticias espeluznantes sobre las consecuencias del paso del tiempo, las mismas mujeres de 40 nos censuramos al confesar nuestra edad. Las chicas de 20 años no tienen dramas de decir a los gritos que tienen 20. Las de 50 no tienen más remedio que decir que cumplieron 50: el pelo les crece blanco, la cara se llena de arrugas, los hijos ya son profesionales y las hijas están embarazadas. Y las de 40, ¿qué hacen? Callan, con un silencio ominoso, sabiendo que hasta que no cumplan 50 tienen una edad inconfesable. A los 40, todo lleva más tiempo de lo que una piensa, excepto el envejecimiento. Algunas personas envejecen prematuramente y otras lo hacemos con total puntualidad. ¿Importa tanto envejecer, cuando sabemos que por dentro estamos hechas unas chavalas? El problema es que la belleza es superficial, pero la vejez llega hasta el tuétano. Por esto creo que sigue siendo una alevosa grosería preguntarle la edad a una mujer. El que lo pregunta, siempre está calculando, de un modo u otro, cuántos años nos restan antes de la menopausia, y si todavía podremos quedar embarazadas, o no. “Tiene 40, pero todavía es pasable” no quiere decir otra cosa que esto: “Calculo que sigue en esa deliciosa etapa reproductiva”. Confesar los 40 resulta duro, porque es como desnudarse ante un desconocido que va a ponerse a calcular cosas que no queremos que nadie calcule de nosotras: si somos capaces de caminar contoneando las caderas, si soportaremos las presiones de determinado puesto de trabajo, si se animaría a invitarnos a salir, si vamos a esperarlo con la cena caliente y velas encendidas, o si, en cambio, vamos a mandarlo a la rotisería para que compre algo sin colesterol. En una entrevista que le hicieron en los años ´60, la feminista Gloria Steinem, editora de la revista “«Ms» —un neologismo que buscaba evitar el discriminatorio uso del Mrs. de “Señora” o el Miss de “Señorita”—, resolvió confesar su edad. El periodista que la entrevistaba le dijo: “You don´t look 40” (“No pareces de 40”), a lo que ella le respondió: “This is how 40 looks!” (“¡Así son las de 40!”), frase que dio la vuelta al mundo delatando los prejuicios del tonto entrevistador. Cualquier entrevista a una mujer que leamos en diarios y revistas comienza delatando la edad de la entrevistada. Hace poco me hicieron una nota en un diario de disfusión nacional. La periodista arrancó preguntándome la edad: —¿La tengo que decir? —gemí angustiada. —Sí. Si no, me matan. O la averiguan por otro lado. La dije, y vi con espanto que mi edad aparecía ¡en el subtítulo, con letras GRANDES ASÍ! Por suerte la nota apareció en página par, que siempre se lee menos que la impar. Pero me quemaron para siempre. Después comprobé que no soy la única víctima: casi todas las entrevistas realizadas a mujeres comienzan con la edad de la entrevistada: “En su medio siglo de vida, la escritora Laura Esquivel...”. “En sus 52 años, esta mujer ha logrado...”. “Pese a sus avanzados 26 años, la atleta española ha conseguido un récord...”. ¿Dónde vieron que una nota a un hombre comience con la edad? Si la edad de una mujer comienza con 40, publicarla debería ser delito. ¿Qué significa tener 40 en el imaginario popular, especialmente en el masculino? ¿Tendríamos que tener aspecto de brujas con pelo gris, verrugas en la nariz, piel apergaminada y voces quemadas por el aguardiente? ¿Una mujer de 40 debería parecerse a una directora de escuela, a una suegra, a una guardiacárceles? ¿Tendríamos que vestir con vestidos largos y oscuros, saltos de cama de franela, pantuflas desflecadas, ruleros y máscara de pepinos en la cara, y no poder leer sin anteojos? ¿A qué perverso cálculo mental de quien nos averigua la edad nos prestamos si respondemos la impertinencia? ¿Estará comparándonos con su amante, con su madre o con Claudia Schiffer? ¿Quiere saber si estamos aún buenas para nuestra edad, o si la vida nos pasó por encima como un tren carguero? ¿Se le ocurren pensamientos de índole edípica porque le gustamos aunque él es menor, o se divierte viendo que a nuestro lado él es parece un nene de pecho? ¿Qué tenemos que ver nosotras con los “prejuicios antiedad” de gente que no sabe lo que significa cumplir la gloriosa edad de 40 años? Lucille Ball decía que para mantenerse siempre joven, una mujer debe hacer cuatro cosas: comer despacio, dormir mucho, vivir una vida honesta y mentir la edad. Mientras la sociedad no valore otra cosa más que la juventud, no creo que sea buena idea confesar la verdadera edad. Hasta Carlos Gardel tuvo que sacarse diez años de un plumazo para poder filmar en la Paramount. ¿Por qué nosotras habríamos de ser menos que Gardel? No decir la edad es un genuino derecho femenino. Una cosa es confesar la edad después de los 50, cuando una prefiere decirla por miedo de que los demás la crean todavía más vieja de lo que es. Hay casos puntuales, como una amiga muy superada, que se ofende si le dan menos edad que la que tiene, y dice: —¿Por qué dices parezco menos? ¿Me ves muy inmadura? Cuando nos preguntan la edad fuera de contexto, lanzándonos un: “Hola, ¿cuántos años tienes?, habría que responderles: “¿Por qué quieres saberlo? ¿Vas a darme empleo o planeas casarte conmigo?”. Pero, una buena manera de esquivar la respuesta es decir: “¿Quieres saber cuántos años tengo? Bueno, tengo los mismos años que muchas actrices que parecen hijas mias..." Si quieren enterarse, no tenemos por qué hacérsela tan fácil. Y después, cuando empiecen a conocernos, deja que se sorprendan al ver lo que significa ser una mujer de 40, como se sorprendió el entrevistador de Gloria Steinem, de modo que no haya un hombre en la historia, sino millones de hombres que nos digan: —¡No pareces de 40! Y a los que les respondamos, triunfantes: —¡Así somos las de 40!