lunes, 8 de septiembre de 2008

Brillos de bijouterie

La legendaria editora de la revista Cosmopolitan, Helen Gurley Brown, asegura que después de adolescencia, nuestros mejores aliados en la ropa son los accesorios: pañuelos, chalinas, joyas , prendedores que convierten un equipito simple en algo lleno de glamour. Ella misma afirma que a los 40 conviene que donemos todo el contenido de nuestro placard al Ejército de Salvación y que armemos un guardarropa nuevo de poca ropa clásica y buena, de colores sobrios que puedan recombinarse entre sí. El problema esencial es que toda la ropa de colores sobrios siempre es más cara que la ropa de colorinches, que siempre está de oferta y sólo combina con más ropa de oferta. Parece que el precio de la ropa sube cuanto menos anilina se gasta en ella. La misma editora recomienda, además, que descartemos de nuestros cajones toda la bijouterie barata. “A cierta edad, si algo brilla, más vale que sea oro”, dice la vieja experta. Las joyas baratas no combinan bien con las patas de gallo. Pero por otro lado, cuando veo una vieja linda y coqueta, compruebo está llena de collares de colores. Y eso le queda mucho mejor que una cadenita de oro perdida entre las arrugas de la papada, porque los collares vistosos hacen que uno se fije más en las cuentas de colores, antes de que empiece a contar patas de gallo. El otro día hablábamos del tema con unas amigas de esas con quienes la charla salta de un lado al otro como un canguro enloquecido. Y coincidíamos en que, como cantaba Marilyn Monroe, “ Los diamantes son los mejores amigos de una chica”. La conversación fue algo así como lo que sigue, aunque no puedo recordar quién dijo qué, porque hablamos todas juntas al mismo tiempo: - Leí que los 40 es tiempo de usar joyas de verdad, no bijouterie barata. - A mí no me gusta la bijouterie barata. Me gusta la bijouterie cara. - ¿Qué bijouterie? Ninguna mujer debería morir sin tener una joya de verdad. - Ninguna mujer debería morir. Punto. - ¡Una joya que te compras tú no tiene gracia!. Los diamantes son algo que te tienen que regalar...Si es posible, un señor que te guste... - Si es posible, un empresario exitoso que te guste.... - Seguramente un señor que no te guste tanto, pero que esté desesperado porque gustes de él de una vez por todas. - Yo quiero que alguien me quiera demostrar que le gusto y que me ama eternamente. Mi marido me lo jura, y yo le digo: “No te creo, no te creo”. ¡Pero nunca trae diamantes a casa! - Es que los hombres que una conoce tienen esa costumbre odiosa de no traer joyas a casa. - ¡Yo no voy a esperar toda la vida para tener una joya de verdad! El otro día entré a una joyería porque vi un colgante precioso en la vidriera... - ¿ Y? - Le pedí a la empleada que me lo mostrara. Obvio que le dije que no era para mí, que era para un regalo... Cuando lo vi me pareció tan chiquito que creí que el vidrio de la vidriera está hecho con cristal de lupa. Me lo probé y me quedaba bárbaro. Lo que me caía mal era el precio. - ¿ Y qué hiciste? - Le pregunté si tenía algo más discreto, y a medida que me enteraba de los precios, le fui pidiendo algo más y más chiquito. Hasta que me mostró unos aritos abridores de recién nacida, que me hubiera podido comprar si no hubieran sido tan chiquitos que se me caían por el agujero de la oreja. - ¿ Te los compraste? - ¡No! La mujer guardó todo, yo me fui haciéndome la que no encontraba exactamente lo que buscaba, con oro verde y perla negra del sudeste del Báltico. - ¿ Entonces? - Caminé ocho cuadras y en un puesto artesanal compré unos aritos de mostacillas. - ¿ Cómo te compraste algo tan barato?¡A los 40 están prohibidos!¡ A esta edad hay que ir a las joyerías de verdad! - Bueno, me sirven para matar el tiempo hasta que conozca el ricachón que me regale unas joyas.¡Usaré mostacillas, pero soy una mujer independiente! - Por mí ...¡Que el ricachón se guarde las joyas! - ¡Mostacillas hasta la muerte! Llagamos a la conclusión de que en los tiempos de crisis que corren una no está como para ir eligiendo aros de 24 kilates en la joyería. Ni siquiera de 18 kilates. Ni siquiera enchapados en oro. Además, ¿ para qué quiere una usar joyas, si nadie te invita a lugares donde puedas usarlas, y te las pueden robar en el primer callejón oscuro? Por eso, existe un último recurso sumamente digno para lucir elegante a los 40. Se trata de olvidarse de todos los sabios consejos de Helen Gurley Brown, que no es más que una ricachona que vive en Manhattan. Las de 40 tenemos que seguir nuestros instintos más setentistas: usar ropa hindú, camisas de batik con colorinches y cascabeles, polleras gitanas de colores que no pegan, varios collares de grandes de cuentas de colores, cómodas sandalias de cuero y andar por el mundo siendo una hippie trasnochada. Claro que con ese aspecto nunca nos nombrarán Gerenta de Marketing de ninguna empresa. ¿Pero quién quiere ser Gerenta de Marketing de una empresa aburrida, pudiendo dedicarse a la contemplación y el yoga, escribiendo libros sobre cocina macrobiótica en una casa que huele a sahumerios? ¡Viva el Flower Power! ¡Arriba el yoga, abajo las joyas!

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