lunes, 8 de septiembre de 2008

REUNIÓN DE EX ALUMNOS

Nada nos da una pauta mayor del paso del tiempo que esas temibles reuniones de ex alumnos de la secundaria en las que vemos cómo es realmente la gente de nuestra misma edad: cuarenta laaaaargos años. Una amiga cuarentona me contó que hace poco la llamó una ex compañera del colegio secundario para avisarle que harían un encuentro con todas las que habían egresado 30 años atrás. La cita era en una confitería del centro. Ella esperó y esperó una hora en ese lugar, sin que nadie llegara. “ ¿Soy la única que va a venir al encuentro?”, pensó,decepcionada, mientras veía que al lugar sólo llegaban viejas. Luego de esperar media hora, llamó al camarero para pagar e irse. Cuando estaba por salir, vio que una señora mayor de pelo gris la llamaba desde una mesa vecina: - ¡ Estela! ¡La señora mayor era una de sus ex compañeritas de escuela, sentada a una mesa que parecía una convención de Mujeres Enemigas de la Tintura! ¡ Y para colmo, todas las participantes de esa Manifestación de Arrugas Unidas tenían su misma edad!. Los años pasan para los demás...¿Pero también pasan para una? Esas fiestas de aniversario de egresados que nos tocan a los 25, 30 o 50 años de habernos recibido de bachilleres o peritos mercantiles son la que más nos marcan el paso del tiempo. Claro que a esas reuniones sólo van siempre los mismos, los que se sienten ligeramente agradecidos hacia la vida. Los que están mal, no van nunca: “ ¿A qué voy a ir? ¿A contar desgracias?”. Imaginemos que si los que están bien tienen ese aspecto arruinado, ¡ cómo estarán los que se quedaron en casa porque se sienten mal! Cuando me tocó a mí la invitación para ir a la cena de egresados, el primer impulso fue NO buscar una lapicera que funcione para anotar la dirección, fecha y hora. Ya se sabe que los pulsos teléfonicos afectan la tinta de las biromes, haciendo inútil toda lapicera que esté a menos de cinco metros a la redonda del teléfono. Si yo no anotaba nada, me olvidaría y evitaría encontrarme con los gastados coetáneos de mi promoción. Pero esta vez el truco no iba a funcionar, porque la reunión se hacía el sábado siguiente a la llamada, y en la misma escuela donde asistí cada santo día del año durante cinco años consecutivos: imposible confundir la dirección. Adivinando que se trataría de una de esas fiestas donde se congregan cientos de personas que se conocen mal o no se conocen, para fingir un compañerismo que nunca existió y para comparar destinos pocas veces justos, me descubrí fantaseando automáticamente con el tema mayor que se me venía encima: “¿Qué me pongo?”. Si la idea es reencontrarse con aquellos que formaron parte de nuestra juventud, para qué negar que también nos ronda la cabeza la posibilidad de toparnos con aquel compañerito que tantos suspiros nos arrancó en cada recreo, y con aquel ex amor que tanta taquicardia nos provocó y jamás volvimos a ver. La idea no es aparecerse para espantarlo vestida como una vieja, ni intimidarlo con encaje negro y medias de red. Sin decidir del todo si iría o no al histórico evento, yo ya estaba pensando si iría vestida de ejecutiva de la cintura para arriba y de Mata Hari de la cintura para abajo, o viceversa, porque hacía demasiado frío para el look “ retro” de ponerme la camisa de bambula hindú que usaba en los ´70, que por otra parte ya no me entraba ni en un brazo. A veces, en la vida termino haciendo las cosas más indeseables so pretexto de que “ hasta lo peor que te pueda pasar es una experiencia que me da tema para escribir” , y decidí lanzarme a vivir el mal trago en carne propia. Como creo que no hay cosa peor que asistir a una fiesta de egresados sola- algo semejante a rendir Matemáticas previa con la junta de profesores esperándote para despedazarte- arreglé antes con las ex compañeras con las que siempre nos seguimos viendo para llegar junto a ellas y darnos aliento para pasar la puerta de entrada sin temor a que la celadora nos meta media falta por llegar tarde. Cuando llegamos, en esa tarde helada de julio, ya había cola delante de la ventanilla de la escuela, para comprar los cupones que nos daban derecho a una hamburguesa y un vaso de gaseosa o vino barato. Viendo que las mesas estaban hechas con tablones y caballetes, me felicité por haber elegido ir de jeans y botas ( un saludable look “ casual “)de la cintura para abajo, y con un sweater con saco al tono arriba ( un distinguido look “ executive” que gritaba: “¡ No soy de las perdedoras!”). En el espacio que hacía años había sido el buffet aledaño al patio interno, vi un espacio lleno de señores pelados y panzones, mal afeitados y peor vestidos, y señoras ojerosas entradas en carnes. Como un flash, me horroricé pensando que e la escuela justo había Reunión de Padres...¡ y yo no le había avisado a mi mamá! Pero al instante reaccioné...el asunto era mucho peor : ¡Todos esos ancianos eran mis compañeritos de escuela, mis amiguitos de la infancia! Con esfuerzo, logré encontrar un par de caras levemente familiares: un par de ojos conocidos bajo una frente arrugada, una cara juvenil bajo una espalda combada, una sonrisa amiga rodeada de surcos que antes no estaban. La memoria me jugó la peor de las pasadas: no supe definir de dónde conocía a cada uno. Abracé emocionada a un ex compañero de mi hermana, que a mí ni me recordaba. Me senté a compartir un vino con un rubio de rulos a quien creí otro, hasta que nuestros recuerdos quedaron tan evidentemente desencajados y disímiles que descubrimos que no sólo no éramos compañeros de división, sino que ni siquiera habíamos sido compañeros de escuela. Era un marido más de algunas de las pocas egresadas que conservaban su matrimonio con cierto grado de endeble solidez. Me levanté de la silla plegable con la dignidad de un hipopótamo en una cristalería, y me acerqué a conversar con alguien cuyo rostro me resultaba recontrafamiliar. “Hola” va, “qué tal tu vida” viene, “ ¿Tú eres...? “ y “¿Tú no eras...?” mediante, descubrimos que probablemente nos conocíamos porque él era el hijo del farmacéutico de al lado de mi casa: un muchachito con quien durante veinte años nos evitamos concienzudamente el incómodo saludo, para empezar a dirigirnos la palabra en esta absurda reunión. Huí del ringside para pedir auxilio a mis amigas de siempre, y en el camino me tackleó una mujer con quien jamás simpatizamos durante toda la secundaria, que había hecho conmigo los primeros tres años. “¿Qué pasó?¿ Se volvió buena? “ , Pensé, mientras ella se deshacía en sonrisas, hasta que me dio su tarjeta personal de abogada buscando clientes con desesperación. Sólo me soltó cuando prometí llamarla para pasarle el dato de un amigo en apuros, y me fui al patio, donde hacía tanto frío que el aliento hacía una nube de humo. El patio de la escuela, tantas veces recorrido, me llenó de nostalgias por los años en que lo había recorrido buscando ansiosa al chico que me gustaba a los 17 años, el de espaldas anchas, pasos largos, y frente alta. La nostalgia por las ilusiones perdidas fue tan grande, que resolví entrar a seguir metiendo la pata para no ponerme triste. Salvo por mis entrañables amigas de siempre, la mayoría de los presentes eran perfectos desconocidos. Busqué algún rostro amigo. Después de todo, hacía un cuarto de siglo que no veía a esa gente, y probablemente al que no viera esa noche no volvería a ver nunca más. La líder del grupo ( los líderes nunca mueren) logró reunir a todos los de 5to Ciencias Biológicas en un aula, so pretexto de sacar una foto. Ella misma se las ingenió para encontrar profesores en la multitud, y contarle a cada uno quién era cada cual de nosotros. El lugar estaba superpoblado por familias aburridas apoltronadas en sus sillas, instando a sus hijos de seis años a que defiendan su silla “ o te vas a quedar parado”. Esta “caza de sillas” obligó a los adultos a quedarnos charlando parados hasta que nos dolieran los pies, momento en que se podía pedir, con cara de dolor extremo “ por favor una silla, que no doy más “. Pero estar sentada implicaba estar aguantando a los chicos trepados a los respaldos, desparramando mayonesa por las mesas y poniendo en riesgo la uniformidad del color de nuestras ropas. Cuando me di cuenta de que esos niños formaban la generación que venía a reemplazarnos a los que íbamos camino a convertirnos en carcamanes, me alejé de la zona de sillas. Preferí sufrir dolor de pies a sufrir dolor del alma. Entonces empecé a circular entre la multitud, tratando de reunir la mayor cantidad de chismes para contarle a los que no habían ido y seguramente me preguntarían qué pasó y qué es de la vida de cada uno de los que sí se habían animado a ir. Y bueno...seguí metiendo la pata a troche y moche, mezclándome personas con historias que nada que ver, preguntando si había superado el divorcio a la que era viuda y si estaba embarazada a la que acababa de hacerse una histerectomía. Hasta hice la idiotez de hablar de profesores ignotos a ex compañeros de la primaria que confundí como compañeros de secundaria, que estaban ahí por haberse colado. Al que era el peor de la clase le pregunté si le había ido tan mal como le auguraban los profesores, y me dijo que era Gerente de Marketing en una multinacional. La chica 10, alumna perfecta y eterna abanderada, me dijo que vivía en un rancho: el marido la había abandonado cosn dos hijos y ella nunca pudo encontrar un trabajo decente. En las reuniones de egresados una se la pasa aclarando equívocos: - Me acuerdo que tú te sentabas adelante del pizarrón, porque veías mal.- decía yo. - No, yo siempre me senté atrás. Y jamás tuve problemas de visión. - ¿Quién era el que se sentaba adelante? - Era el colorado que se sentaba contigo. - Yo nunca me senté con un colorado. Pero tú siempre charlabas con la profesora de Inglés, esa rubia que te encantaba... - Yo no tuve profesora, tuve profesor de Inglés. - ¿Pero tú no eres egresado de 5to Ciencias Biológicas? - No, yo hice 5to Físico Matemático... - Uy, se ve que nos confundimos... ¿ No tienes fuego? - No fumo. - Bueno, encantada de desconocerte. Después me alejé pensando que, aunque no acertaba una, ese diálogo no estaba para nada mal como para hacerle un abordaje al lindo de la escuela, si es que lo encontraba por algún lado. Porque si para algo sirve cumplir 40 años, es que si una a los 17 años prefería que la hirvieran viva en aceite antes que tener que encarar al pibe más lindo de la escuela... a los 40 se anima... ¡porque es ahora o nunca!. Con la autoestima en alto, y los ojos cansados, seguí escrutando entre las calvas brillosas y las barrigas sucias de ketchup si mi amor imposible pudiese haberse arruinado tanto como para tener el aspecto de su propio padre... Desconsolada, descubrí que los amores imposibles nunca asisten a las reuniones de ex alumnos. Tal vez porque las brujas de sus mujeres no los dejen, a sabiendas de que dejaron más de un corazón partido entre recreo y recreo. Como en tantos años de escuela cualquier chica tiene más de un amor platónico, yo esperaba ver por lo menos a uno sólo de ellos: el romance leve, el severo o el de grado 12 en la Escala Richter. Entonces fui directo a hablar con mi amiga Marisa, la de toda la vida y le dije: - Creo que ya es hora de irnos: me comí la hamburguesa, me tragué el vino, dije mil tonterías, me muero de frío, me duelen los pies, me hago pis y no vi aparecer ni a uno de mis ex amores de la juventud. Así que vamos. - ¿ Cómo que no has visto a ninguno? ¡ Si recién lo acabo de ver a Eduardo Granero con una lata de cerveza en la mano! Emocionada, agarré a mi amiga de las solapas y le dije: - ¿ Dónde está? - No sé, creo que iba hacia la puerta... Se debe estar yendo... - ¡ Quiero verlo!¡ Acompáñame! – le dije. Corrimos hacia la puerta y en eso se me ocurrió preguntarle: - Dime una cosa, Marisa... ¿ Y tú cómo sabes que a mí me gustaba Eduardo Granero? - ¡ Ay, Ana, por favor! ¿ No recuerdas que todas estábamos locas de amor por él? - No te puedo creer... ¡ Si era mi gran amor! - ¡No me digas que saliste con él y no me contaste...! - ¿Estás loca? ¡Nunca supo que yo existía!¿ Pero por qué no me contaste que te gustaba? - ¡Creí que lo sabías! Igual que cuando salíamos al recreo juntas del brazo a los 14 años, corrimos las dos, ansiosas y jadeantes, a ver si alcanzábamos a distinguir al del lomo ancho, el tranco largo, la frente alta y los dientes perfectos. ¡Ahí estaba él! : su pelo rubio, lacio, y largo, igual que siempre. Sus espaldas anchas y sus pasos largos, inconfundibles. Tanto miré a ese tipo en mi adolescencia que podría distinguirlo de noche en una megadiscoteca en Tokio, y aunque estuviera disfrazado de japonés. Como cuando éramos nenas, las dos nos abrazamos, conmocionadas: - ¡Es él! - ¡Sí...! - Acércate y salúdalo. - ¿Y qué le digo? ¿ Que de chicas gustábamos de él? ¡ Ve tú! - ¿ Estás loca? ¿ Y qué le voy a decir? ¿ Que nos firme un autógrafo? Él miraba sin ver, alrededor suyo, pagado de sí mismo como los que se saben observados. Hasta que sus ojos se toparon con los míos... - ¡Te está mirando! -me dijo Marisa. El corazón me golpeó con tanta fuerza que temí que se escuchara. Y justo cuando él me miraba, frunció el seño y gritó: - ¡ Sofíaaaa! El vozarrón rebotó en las paredes y me magulló el alma. Detrás de mí vino corriendo una especie de gnomo de pelo color remolacha y culo gordo que le dijo: - ¡ Ya voooooy!- y se lanzó hacia él, tomándolo de la mano. Detrás de ella vivieron otras cuatro mujeres gritonas y atropelladas, y se colgaron de distintas partes de él. Detrás de ellas, como patitos, llegaron tres chicos todos tan rubios como él, colgándose de las mujeres. Miré a la de pelo rojo: era un ex alumna de la escuela. Una de esas feas, que se llevaban a los mejores chicos de tanto insistir. Las demás tenían aspecto de cuñadas de él, tan feas como la gorda de pelo rojo. El resto era la cría.Todos niños rubios y preciosos, carajo. El se dio cuenta que lo mirabamos extasiadas. Y sonrió divertido, como cuando estaba en quinto año, para darnos la espalda con idéntico desprecio. Con Marisa los vimos perderse en la esquina, gritando, seguramente camino a su autito robado que arranca sólo si es empujado por cinco enanas gritonas de culo gordo. Pero no: se metieron en una camioneta importada cero kilómetro, muy felices. Y el autazo arrancó y se perdió en la noche. La vida no siempre es justa Nuestros suspiros hicieron un remolino de servilletas sucias de ketchup en el piso. - Bueno, ya lo vimos. - Está igual. - Está divino. - Y bien custodiado, como siempre. - No perdió un pelo ni ganó un gramo Me quise despedir de algunas compañeras con las que nos quedamos charlando una hora más en al puerta, tratando de remendar el corazón partido con charlas frívolas. Todos quedamos en volver a vernos cualquier día de estos, sabiendo que no nos volveríamos a ver nunca más. Pese a todo, creo definitivamente que HAY QUE IR a las reuniones de ex alumnos y a los aniversarios de egresados, para comprobar que: a) El tiempo nos pasa a todos por igual. b) Los sentimientos siguen intactos aunque pasen los años. c) Los malos alumnos pueden ser adultos exitosos ...y viceversa. d) Alguna gente envejece peor que tú. e) Las feas se casan con los más lindos. f) Las más lindas siguen solas g) Por eso mismo, no valía la pena ir a la peluquería para el evento. h) Los lindos que nunca nos miraron, están hermosos. i) Los pretendientes que siguen enamorados de una , están hechos unos bichos espantosos. i) Por mal que la puedas pasar, la reunión de ex alumnos muestra que aún tienes vida social. j) Una amiga es aquella con quien puedes compartir esa noche... y guardar con ella el secreto sobre todo lo que pasó.

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